Una persona con discapacidad intelectual tiene entre 2 y 4 veces más probabilidades de desarrollar una enfermedad mental

El Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos (Mrid) ha confirmado que la prevalencia de trastornos mentales entre personas con discapacidad intelectual oscila entre el 30 % y el 50 %, cifras notablemente superiores a la de la población general. Según la psicóloga Carolina Torruella Millas, responsable de la Zona de Observación y de la Unidad 4 del Área de Discapacidad Intelectual, “aquí vemos una prevalencia más alta porque nuestro centro recibe a personas que presentan discapacidad intelectual, alteraciones conductuales graves y, en un alto porcentaje, también una enfermedad mental”.

Factores que incrementan el riesgo y la complejidad diagnóstica

Las personas con discapacidad intelectual tienen entre dos y cuatro veces más probabilidades de desarrollar una enfermedad mental que la población sin esta condición. Este mayor riesgo se ve agravado por experiencias de rechazo social, incomprensión, vulnerabilidad al estrés y mayor exposición a abusos. Además, la dificultad para regular y expresar emociones contribuye a la aparición de trastornos mentales.

El diagnóstico de una enfermedad mental en este colectivo resulta particularmente complicado. Torruella explica que “el efecto eclipsor de la discapacidad intelectual puede ocultar la sintomatología de la enfermedad mental, lo que dificulta su detección”. La limitada capacidad comunicativa de algunos pacientes impide que verbalicen lo que les ocurre, retrasando la identificación del problema.

Para superar estas barreras, los profesionales enfatizan la necesidad de establecer una relación de confianza con cada persona, conocer su entorno y recopilar información del personal que trabaja directamente con ella. “Conocerla al máximo posible y preguntar al equipo que la atiende nos permite captar señales que de otro modo pasarían desapercibidas”, señala la psicóloga.

El enfoque multidisciplinar resulta esencial. El equipo del centro incluye psicólogos, educadores, trabajadores sociales y psiquiatras, adaptándose al lenguaje y a los medios de comunicación de cada paciente, incluso mediante gestos o sistemas alternativos. “El vínculo terapéutico es fundamental; a partir de él podemos potenciar sus capacidades y favorecer un desarrollo óptimo”, concluye Torruella.

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